Cambios en la adolescencia: intentar entenderlos

Los cambios en la adolescencia son algo que generalmente no entendemos bien. Existe muchos mitos en la sociedad acerca de esta etapa (“¡Tienen las hormonas revolucionadas! ¡Actúan sin pensar!”; Es muy inmaduro, cree que lo sabe todo, quiere actuar como un adulto, pero todavía no lo es”). Podríamos resumir estos mitos en los dos siguientes:

  • “Los comportamientos de riesgo en la adolescencia tienen que ver con los desequilibrios hormonales y la impulsividad que se produce en esta etapa”. 
  • “El centro de control del cerebro, la corteza prefrontal situada en la parte del lóbulo frontal, no termina de madurar hasta el final de la adolescencia. Esta ‘inmadurez’ de la corteza prefrontal del cerebro explica la conducta ‘inmadura’ de los jóvenes”.

 

intentar comprender la adolescencia desde un punto de vista más científico para así entender cuáles son los cambios que se producen en el cerebro del adolescente que lo llevan a actuar de cierta manera y así poder desenmascarar los juicios que existen hacia esta etapa y que en un gran número de ocasiones hacen que se bloquee la comunicación entre generaciones.

 

La necesidad de gratificación

Es sabido que los adolescentes se sienten atraídos por las experiencias emocionantes y las sensaciones estimulantes, pero ¿a qué se debe esta atracción?

Durante la adolescencia se produce un gran aumento de los circuitos neurológicos que utilizan la dopamina (un neurotransmisor que regula la motivación: lo que nos interesa, motiva y también desmotiva) y que, por tanto, nos hace sentir una enorme necesidad de gratificación.

 

¿Cómo se manifiesta este necesidad en la adolescencia?

Se produce:

– Un aumento de la impulsividad donde se pasa de la acción sin una reflexión previa.

– Un aumento de la susceptibilidad a la adicción como las drogas, el alcohol, la comida rápida de lo cual se aprovechan muchas empresas privadas y del mundo de la alimentación.

– La aparición la hiperracionalidad donde los jóvenes ponen más énfasis en los beneficios de una situación que en los riesgos que ésta conlleva. Solo se ven los hechos de una situación, en lugar de su totalidad, su contexto, es decir, los centros de evaluación del cerebro le dan menos valor a la importancia que tiene un resultado negativo y amplifican la importancia de un resultado positivo. Esta hiperracionalidad se ve todavía más acentuada si tenemos en cuenta la gran influencia que tiene el querer ser aceptado por el grupo de iguales en la adolescencia. Un ejemplo sería un adolescente que decide saltar al agua desde una roca en la playa tras ver a sus amigos que ya lo han hecho. Como vemos, está dándole más importancia al resultado positivo de su acción (“es algo novedoso y además voy a quedar bien delante de mis amigos“) que al negativo (“si caigo mal puedo tener una lesión grave o incluso no contarlo“) y, por lo tanto, salta.

 

La transformación del cerebro

Desde ya hace unos años se están llevando a cabo algunos estudios sobre el funcionamiento del cerebro y de las neuronas que han demostrado que todos nacemos con un determinado número de neuronas y que, contrariamente a lo que pueda parecer, lo que hace que una persona sea más o menos inteligente no es este número de neuronas, sino las conexiones (sinapsis) que se establecen entre ellas. El periodo en que más conexiones neuronales se llegan a completar es en la infancia, desde que el niño nace hasta los 7 años de edad. En esta etapa se produce una superproducción de neuronas y conexiones sinápitcas, es lo que se conoce como la “génesis del genio”.

 

¿Qué sucede cuando llega la adolescencia? Se producen dos cambios importantes que se conocen como la remodelación del cerebro:

 

  1. La poda neuronal: todas las neuronas que no se hayan conectado a lo largo de estos primeros años de vida empiezan un proceso de degradación. Esta desaparición de neuronas y de sus conexiones viene determinada por la experiencia de la persona, es decir, el cerebro conserva las neuronas que usa y descarta las que no necesitamos, “se especializa”. De ahí que, si por ejemplo, queremos hablar bien una lengua o tocar un instrumento lo ideal es que lo empecemos durante la infancia y lo repitamos en el tiempo o después nos será mucho más difícil.
  1. Mielinación: Aparece la mielina, una envoltura que cubre las membranas entre las neuronas interconectadas para facilitar el flujo de información entre neuronas, haciendo que este sea más rápido, más eficiente y más coordinado.

 

El objetivo de esta transformación cerebral es que las diferentes áreas del cerebro se especialicen más y se interconecten entre sí de manera más eficiente, o lo que es lo mismo, lograr un cerebro integrado. Esta integración será la que permitirá al adolescente ir transcendiendo la hiperracionalidad de la que hablábamos antes y desarrollar lo que Daniel Siegel denomina “pensamiento esencial”, es decir, que ahora, como los adultos, revisará todos los detalles de una situación para encontrar la evaluación más sensata de una situación y no inclinará la balanza hacia los resultados positivos poseído por la dopamina.

 

Una etapa de cambios

Acabamos de ver que en la adolescencia se producen cambios sustanciales en la estructuración del cerebro, pero es que además, como ya sabemos, también se  produce otro tipo de alteraciones: en la fisiología, en las hormonas, en los órganos sexuales. Todo ello la convierte en una etapa complicada y difícil para el que la está viviendo, que le hace sentir que desde fuera lo ven como si estuviese “perdido” o “fuera de control”, bajar su autoestima y desear que se termine cuanto antes.

Además de un aumento de la necesidad de gratificación y de la búsqueda de novedad, en esta etapa también aparece por primera vez el pensamiento conceptual y abstracto (“¡Sé que sé!”). Si conseguimos combinar estos tres ingredientes obtenemos un cóctel riquísimo: el resolver problemas de maneras nuevas e innovadoras. Por tanto, dejemos que cuestionen, que exploren, que busquen nuevas formas de hacer las cosas. Hasta ahora aceptaban todo lo que les venía dicho por un adulto. Es el momento de que lo pongan en entredicho y de que los adultos no lo veamos como un ataque, sino como un proceso de transformación maravilloso.

Solo desde una mirada comprensiva y empática seremos capaces de crear vínculo con nuestros hijos, conectar con su realidad y entender por qué actúan de una manera u otra. Hemos de respetar ese impulso natural de la adolescencia, su hiperracionalidad.  En vez de intentar controlar el impulso adolescente a través de la represión, los adultos que conviven con este periodo del desarrollo humano deberían optar por la reflexión, centrarse en un factor positivo. No es lo mismo tomar la decisión de no hacerse un tatuaje en un establecimiento desconocido “porque mis padres me dicen que no lo haga” que porque te preocupa tu salud.  Pero respetar no quiere decir, por supuesto, que no se pongan límites, sino reconocer la intención que hay detrás de los actos para no coartar su pasión e ilusión por la novedad.

Es importante que tanto los adultos como los adolescentes dejemos de ver la adolescencia como un periodo en el que hay que “sobrevivir” o como un simple proceso de maduración. Debemos de elegir una visión en la que la adolescencia constituye una parte vital y necesaria de nuestra vida individual y colectiva que debemos reforzar, ya que en ella se adquieren nuevas habilidades y porque su chispa emocional, implicación social, búsqueda de novedad y exploraciones creativas son aspectos básicos que marcan a los adultos en los que se convertirán esos adolescentes si se cultivan como es debido, algo que es muy difícil de lograr sin una comunicación eficiente entre generaciones.

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